Percibimos el entorno mediante nuestros sentidos, que son los receptores de los estímulos externos. Estos estímulos comienzan un viaje por las áreas especializadas del centro del sistema nervioso y las neuronas, formando complejos sistemas que permiten procesar la información que hemos recibido y convertirla en conductas.

Las conductas provienen de patrones que vamos aprendiendo a lo largo de nuestra vida y que conforman la persona en tres dimensiones: la biológica, la psicológica y la social, con sus correspondientes procesos físicos y genéticos, psicológicos (sensación, percepción, aprendizaje, memoria, emoción, motivación, pensamiento, lenguaje…) y sociales (relaciones con el entorno). Por todo ello, las personas somos seres capaces de trascender más allá de ser una entidad holística, interrelacionada de una forma compleja, sistémica, no estática y viva.


Singularidad de cada persona

De acuerdo con esta descripción, es evidente que cada persona es única, a pesar de los rasgos comunes con el resto. La interrelación de nuestras dimensiones nos hace percibir y actuar de forma diferente y, en ocasiones, las disparidades de nuestras creencias, valores y conductas nos confrontan con los demás. Entonces es necesario llegar a un entendimiento (de ahí derivan las normas sociales, basadas en principios éticos y morales), para partir de un orden, poder establecer relaciones constructivas y positivas.

El psicólogo Lawrence Kohlberg hizo un estudio sobre las funciones de la conciencia moral y como vamos creando las justificaciones de nuestras decisiones, y llegó a la conclusión de que estas no eran iguales para todos y que la misma persona las modifica siguiendo un proceso de crecimiento y madurez. Así, a lo largo de la vida la persona va conformando una realidad propia, única, intentando adaptarla a los demás y a sí mismo, en un proceso de cambio constante, pero siempre buscando un estado de equilibrio.

 

Cuando un nuevo proceso entra en juego

Cuando sobreviene un nuevo estado que provoca una alteración de la convivencia, la demencia, todo se hace bastante más complejo y requiere mucha flexibilidad por parte de todos para poder entendernos, aceptarlo y convivir, siempre buscando una buena calidad de vida. La demencia es un estado en el que la persona sufre un cambio en sus funciones cognitivas que altera su comportamiento y que provoca que las relaciones con su entorno hayan de adaptarse a nuevas necesidades.

Enlazando con lo señalado previamente, es fácil comprender que, dependiendo de cómo nos hemos formado como personas, nuestro nivel moral y ético, nuestras creencias, valores y conductas, podremos abordar la nueva situación mejor o peor. En cualquier caso, a la persona con demencia se le debe tratar como una persona en toda las dimensiones que la conforman.

La visión más extendida, entiende la demencia como un estado indeseable, incómodo, intratable, con alteraciones de conducta no entendidas y difíciles de admitir. Tampoco tiene en cuenta que las personas que la padecen viven la realidad en el aquí y el ahora, y que no tienen capacidad de memoria para recordar el pasado, ni capacidad de planificación para poder pensar en clave de futuro y que ni tan sólo expresan su realidad.


Dawn Brooker, en su libro “Principios y Práctica del DCM”, hacía la siguiente propuesta: en primer lugar, hay que respetar y valorar al individuo con demencia como un miembro de pleno derecho de nuestra sociedad, igual al resto de ciudadanos. Hay que erradicar las prácticas discriminatorias contra la gente que padece esta enfermedad y los que cuidan de ellos. También hay que elaborar un plan de atención personalizado que tenga en cuenta las necesidades cambiantes de las personas, ofreciendo más compensación y consuelo a medida que aumenta la discapacidad cognitiva. Hay que intentar comprender la perspectiva de la persona con demencia: ¿se da cuenta de su situación? ¿qué indicios percibimos para saberlo?… Y finalmente, hay que proporcionar una psicología social de apoyo que ayude a las personas con demencia a experimentar un bien relativo.

Para poder interactuar bien con las personas con demencia debemos saber interpretar los comportamientos desafiantes y las alteraciones de conducta como una reacción ante la falta de reconocimiento de las necesidades físicas o sociales. Para poderlas reconocer debemos comprender lo que siente y piensa una persona con demencia. Una de las técnicas que se utiliza es la observación de las interacciones para averiguar cómo favorecen o perjudican. Entre los indicadores identificados como favorables podríamos mencionar la ternura, el apoyo y el respeto, mientras que como indicadores perjudiciales señalaríamos la intimidación, la manipulación y la invalidación.

Todas las personas somos únicas y valiosas, con capacidad de cambio y adaptación, responsables de nosotros y de los demás, abiertas y flexibles para conseguir mejorar nuestra práctica. Cada uno de los indicadores debe servir para hacernos reflexionar y, si los queremos tener en cuenta, entrar en un proceso de cambio y profundización, que no parece fácil, pero sí atractivo, por los beneficios que podremos conseguir.

 

 

Texto: Rosa Torró Soler, educadora social 

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